Rechazo esta argumentación, por lo que respondo a la pregunta. No es muy difícil. Los atomistas y sus ideas no surgen espontáneamente de la nada; les precede la gran evolución que empieza con Tales de Mileto (hacia el 585 a.C) más de cien años antes. Fueron los continuadores de la pasmosa línea especulativa de los Fisiólogoi jónicos. Su predecesor inmediato fue Anaxímenes, cuya doctrina principal consistía en señalar la importancia primordial de la “ra-refaccion y la condensación”. A partir de un minucioso análisis de la experiencia cotidiana, Anaxímenes elaboró su tesis según la cual toda partícula de materia adopta el estado sólido, liquido, gaseoso e “ígneo”; que los cambios de un estado a otro no implican un cambio de naturaleza, sino que se producen de un modo geométrico, por decirlo así, al expandirse la misma cantidad de materia en un volumen cada vez mayor (rarefacción)o , en las transiciones opuestas, reduciéndose o comprimiéndose en volumen cada vez menor. Esta idea se ajusta tanto a la realidad que podría figurar de prólogo en cualquier tratado moderno de física sin necesidad de modificaciones sustanciales. Además, no es ni mucho menos una suposición infundada, sino el resultado de una cuidadosa observación.
Si intentan asimilar la idea de Anaxímenes, deducirán por lógica que el cambio de propiedades de la materia-la rarefacción, pongamos por caso- se debe sin duda alguna a que sus partes se separan enormemente entre sí. Pero éste es un proceso muy difícil de imaginar si se piensa en la materia como en un continuum sin interrupción. ¿Qué se aparta de qué? Los matemáticos de aquella época consideraban que una línea geométrica está formada por puntos. Quizás sea cierto considerada aisladamente, pero, si es una línea material y la estiramos, ¿no se apartan los puntos entre sí dejando huecos? El alargamiento no puede producir nuevos puntos, y la misma serie de puntos no puede cubrir un intervalo mayor.
La mejor salida a estas dificultades, que radican en él carácter misterioso del continuum, es la que han adoptado los atomistas, es decir, la de considerar la materia formada por “puntos” aislados, o pequeñas partículas, que se apartan unas de otras en la rarefacción y se aproximan en la condensación sin sufrir modificación alguna. Este último dato es importante. Sin él, el concepto de que en estos procesos la materia se mantiene intrínsecamente inalterable sería muy vago. Los atomistas lo explican diciendo que las partículas no sufren alteración y que solo cambia su constelación geométrica.
Por lo tanto, parece que la ciencia física en su estado actual-en el que es producto directo y la continuación ininterrumpida de la antigua ciencia-surge desde sus orígenes gracias al deseo de evitar la vaguedad intrínseca del concepto de continuum, cuyo aspecto precario se percibía en aquella época más que en los tiempos modernos, hasta hace muy poco. Nuestra impotencia en lo que respecta al continuum, reflejada en las actuales dificultades de la teoría cuántica, no es una escuela, sino una comadrona diabólica como la del cuento de la Bella Durmiente. Su mal de ojo ha sido exorcizado durante mucho tiempo con la genial invención del atomismo. Esto explica por qué el atomismo ha resultado tan fructífero, duradero e indispensable. No fue una brillante ocurrencia de pensadores que “en el fondo nada sabían al respecto”, sino un poderoso exorcismo del que no podemos prescindir mientras perdure la dificultad contra la que actúa.
Con esto no queremos decir que haya que tirar por la borda al atomismo. Sus inapreciables hallazgos - en particular la teoría estadística termodinámica - son logros importantísimos. Nadie puede preveer el futuro. El atomismo se enfrenta a una grave crisis; los atomos-nuestros atomos modernos, las partículas finales-ya no pueden considearse entidades identificables. Lo cual supone una evidente desviación de la idea original de un átomo que nadie hubiera jamás contemplado.
Hay que estar preparados para cualquier eventualidad.